Los Mitos en Lo que solo el tiempo sabe

Nuevamente os comento que mi novela, Lo que sólo el tiempo sabe, es una historia de amor a caballo entre dos épocas que traspasa los limites del tiempo, explora sus normas y el modo de saltárselas. Y lo hace desde el mundo de la Ciencia y la creatividad humana, de lo Paranormal, de los Mitos y de algunos conceptos de la Nueva Era.

Aquí os dejo algunas páginas de la novela en las que se reproduce el final de una conversación durante una cena en casa del protagonista de 2.008, Julio Sastre, en la que la psicóloga Carola Gómez habla de los mitos sobre los viajes de la tribu centroafricana de los dogones.

En este es  fragmento que os dejo se resumen los datos finales que expone Carola sobre el mundo Dogón, y dice:

—Sí, estuve en Mali, en el País Dogón.


—¿Cuándo? ¿Con quién? ¿Porqué...? ¡Ajá!


—Con una amiga —recalcó la “a” final de amiga mirando fijamente a los ojos de Invención, apenas a diez centímetros de los suyos, que lucían aún una extraña mueca de reproche—. Fuimos porque queríamos profundizar en la mitología dogón, en su organización social, en su peculiar psicología que les había hecho aislarse del resto de las tribus africanas de la zona durante siglos.

—¿Y?

—Y resultó tremendamente interesante. Había leído el libro que sobre ellos escribió Marcel Griaule, un profesor de la Sorbona enamorado de la cultura africana. En él relata cómo conoció a los dogones durante el primer tercio del siglo XX, e inmediatamente quedó enganchado de lo que pudo observar en las aldeas de aquella etnia. Concretamente, sus contactos con un viejo cazador dogón, le dieron a conocer los más profundos secretos de su cosmogonía y de su visión simbólica del Universo, presentes en todas las actividades que saturaban las rutinas de su vida cotidiana. Marcel Griaule quedó tan fascinado por los mitos dogones que decidió escribir aquel libro que, con un lenguaje sencillo, accesible y ocasionalmente poético, dio a conocer al mundo la riqueza de todos aquellos conocimientos ancestrales que atesoraban. Y me cautivó. Pepa, mi amiga, también psicóloga, y yo decidimos ir a conocer todo aquello que relataba Griaule antes de que se perdiera para siempre...

—¿Porqué iba a perderse? —preguntó Invención, levantando la vista de la torre de latas de cerveza vacías que había edificado sobre la mesa.

—¡No sé, pero pienso que la invasión de los turistas, de la Coca Cola, de la cultura de la comida rápida, y, por supuesto, la irrupción de las religiones dominantes en la actualidad no debe estar haciendo mucho bien a todas estas etnias ni a sus tradiciones que imagino cogidas con hilos en la actualidad...! ¿Sabes lo que te quiero decir?

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—Por supuesto. Pero, a lo que íbamos —dijo Enrique Manuel a quien su olfato de periodista pedía a gritos acabar con tanta divagación—, ¿hay algo que vieras en el País Dogón que pudiera estar relacionado con el modo de resolver la problemática planteada por Julio y la chica esa del pasado?

—Efectivamente, creo que nos estábamos yendo por las ramas recondujo Carola—. No es exactamente eso, es algo relacionado con los viajes, con todos los viajes.

La psicóloga tomó un largo trago de la cerveza que diligentemente le había servido Invención, y continuó:

—Llegamos a Sanga, la capital, por decir algo, del País Dogón después de una dura marcha en todoterreno por medio Mali. Desde allí, descendimos por la grieta de Bandiagara, por unos senderos de los que prefiero no acordarme, hasta Bongo, una de las aldeas dogón. Nos internamos con nuestro guía por el laberinto de callejuelas de la aldea, deteniéndose en una especia de pequeña plaza central frente a la que se alzaba la toguna, la casa de la palabra. Sin paredes laterales que delimitaran su perímetro, era, tal como habíamos leído, una construcción sostenida por ocho pilares de madera labrados, soportando un grueso tejado de ocho hiladas de paja y tallos de mijo, en referencia a los ocho primitivos ancestros de los dogones. En su interior, un hombre de avanzada edad, vestido con una especie de túnica de color indefinible, pero similar al de la tierra de las callejas de la aldea, nos recibió sentado con las piernas cruzadas y, sin mirarnos (luego supimos que era ciego), comenzó a hablar con el guía a quien parecía conocer. El anciano, con la mirada perdida en su vida interior, habló y hablo. Con voz muy suave. Acariciadora. Gesticulando brevemente con las manos...

—Supongo que gesticularía con las manos para espantar a los insectos presentes, ¿cierto? —apuntó Fernando, muy acostumbrado a las penurias de los viajes a lugares poco desarrollados desde un punto de vista de la higiene.

—Desde luego —rió Carola—. Todo el tiempo que estuvimos en la toguna fui presa de una desazón insoportable en todo mi cuerpo, adoptando una postura poco femenina, lo reconozco, pero protectora, en cuclillas, ofreciendo la máxima protección de que era capaz para enfrentarme a la horda de los diminutos habitantes de la toguna...

—Puedo imaginarlo...

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—En un momento de la conversación que mantuvimos con el anciano a través del guía, Pepa, mi amiga, le preguntó si poseían los dogones algún conocimiento que les permitiera proyectarse fuera del espacio y del tiempo; trasladarse a otros lugares, a otras épocas. El anciano sonrió con esa inexpresiva mueca que adopta la fisonomía de los ciegos cuando intentan reproducir un gesto habitual para los videntes, mientras el guía local traducía sus palabras. Nos dijo algo así como que el viaje fuera de Bongo, todos los viajes, están en la mente del que viaja. Que nosotros, los occidentales, sólo alcanzamos a movernos contando con medios mecánicos para trasladarnos; pero que él, y mucha de la gente que tenía el Poder, sabían ir a cualquier sitio por el simple hecho de desearlo en su interior. Fuera en el presente, a un lugar distinto; fuera en el futuro, sabiendo lo que estaba por ocurrir; fuera en el pasado, conociendo lo que fue. Dijo que no había más secreto que el deseo, el deseo íntimo y total de realizarlo. Y la voluntad firme que debe aplicarse a ese deseo. Eso era todo.

—No parece que sea una afirmación muy notable, ¿no? —dejó en el aire Enrique Manuel.

—Bueno —reflexionó Julio—, la idea de que el viaje está en la mente del que viaja puede parecer tonta a primera vista, una simpleza, pero, en el fondo es lo que venís diciendo vosotros todo el tiempo. Lo ha dicho Fernando, por activa y por pasiva, con eso de que él viaja en el tiempo cada vez que escribe una de sus novelas, gracias a la documentación que genera y que le lleva a introducirse en el ambiente que describe. Lo has dicho tú, Martí, aceptando que no hay más alternativa que buscar métodos no científicos para plantearse el viaje. Está implícita en todo lo que tú, Carola, has intentado para hacerme llegar a ese pasado. Hasta tú, Invención, pareces no aceptar ninguna opción racional a lo que ocurre y no le haces ascos a que sean otros los métodos que tengan que venir en mi ayuda si quiero viajar al pasado. ¡No sé! ¡No sé! —remató Sastre volviendo su cara hacia el techo y cerrando los ojos. 

LO QUE SOLO EL TIEMPO SABE

ANTONIO FUSTER JUÁREZ

Escritor

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